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May 20, 2015
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Aguas con el hombre de las cavernas

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Supongamos lo siguiente: Usted nace, lo alimentan, lo cuidan, se le cepilla con ahínco, hasta que crece fuerte y sano y listo para el espectáculo, después, insertan en su casa a un tipo con lentejuelas por todos lados que camina como de puntitas por alguna razón que desconocemos, el tipo tiene en las manos un par de varas casi falos gigantescos (una onda Freud de las tendencias del individuo) que además tienen en la punta un filo destinado a insertarse en su piel a la altura del tórax.

Después de una especie de baile en donde usted con gran temor enviste al tipo payasito esperando que no le clave esas puntas del demonio y en donde pese a sus habilidades no lo logra, ¡plaf!, entra la primera, seguida de más baile y ¡plaf! entra la segunda, usted hinchándose de rabia se lanza contra el payasete intentando defenderse y plaf le cae la otra punta en el otro costado, ya medio apendejado por la sangre que va corriendo y por el filo que penetra y se balancea en sus costados, intenta seguir defendiéndose, mientras el payasito se mofa un poca haciendo movimientos de victoria y esquivando sus intentos por salir de esa agonía, después, tras mucho baile sin sentido y multiplicado, el payaso saca un filo (de nuevo un falo) y se dirige en posición a terminar con su agonía, ¡plaf! Y el filo se le encaja entrando por la nuca, hasta que ya no le es posible matenerse en lucha.

Suenan los tambores, ovaciones, rosas y el payaso sale en hombros.

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