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Sep 15, 2015
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Grite, hace bien

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Yo soy de los que me pasa por la mente de vez en cuando, lanzar un pinche grito sin sentido por tanta frustración acumulada, usted dirá: que poca capacidad de tolerancia, y yo diré: váyase un muchito a la puta que lo pario con esas pendejadas de la tolerancia.

El asunto: el grito, si ya sabemos, le vale pito y lo que quiere es largarse temprano del trabajo e irse a poner pedo y comerse un pozole, cosa que a mi también me vale pito, pero acá tengo que venir y contarle sobre el grito y darle un consejo para que no sea pendejo y se entregue a celebraciones caducas y jodidas que le recuerdan con cariño, que sigue usted, como todos, jodido, que nada cambia, pero el progreso y el consejo de la comunicación siempre están a la orden del día para brindarle cariño y ayudarlo a ser mejor persona, ciudadano, amigo, hijo, padre, hijo de puta, puto de mierda.

Y bueno, ahora, le voy a contar del grito, recuerdo que cuando era un escuincle de 5 o 6 años corría como un pinche loco por toda mi casa, y un día, en esa búsqueda un poco pendeja de ir detrás de una pelota, me resbalé y me di un madrazo justo en el centro del labio superior, partiéndomelo, entonces, el pinche grito, el llanto en tiempo promedio, la curación, de nuevo las carreras (carreras que hoy reservo cuando la lluvia y quedar atrapado y ella a mi lado) años más tarde, en otra de esas intempestivas sacudidas, aún morro, mi labio, fue a dar justo en el borde de una de aquellas viejas cubetas de metal, y entonces, el grito, el llanto de nuevo, el labio partido justo en el mismo centro de nuevo.

Hoy, mis pelos hacen la magia y evitan mis dos cicatrices galantes, yo, me acuerdo del grito, de esos gritos en verdad importantes, cuando la sangre no pasa, cuando el dolor es el huésped, el protagonista, el cabrón que te abraza.

Después, los años sucedieron y vinieron otros gritos, algunos ajenos con piel de por medio y la verdadera magia en sudor y estrechamiento, los gritos de asco, de tedio, las frustraciones no sometidas y los gritos durante el llanto, cuándo la abuela, los padres, esa maldita chamaca que le da comezón y uno se rasca hasta 4 o 5 veces al día. Los gritos que rifan, cuando en verdad uno es parte y la piel no se enchina, se crispa, se enciende, se rompe, duele y sangra.

También uno fue testigo y a veces, daño colateral y convivio de otros gritos, los gritos de siempre, cuando el fulgor, los abrazos, las risas, y todo muy lindo en colores, en música, en copas al cielo y reuniones de agua.

El grito es lo nuestro, nacemos así, después de esa abrupta separación del edén-útero para instalarnos aquí y buscar el abrigo, olvidar, entregarnos a los gritos amigo, y olvidar los gritos de sueños.

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